El cuento de la abuela.
EL cuento de la abuela
Para Mamama
La abuela me contaba en interminables almuerzos de domingo con sabor a siesta, un chiste que transcurría en lo que hoy descubro como una de las dos Españas. No tenía mas de diez años y el chiste se repetía, arrancando las risas de mi padre, mis tías o de alguno de los comensales invitados a la casa de los abuelos, de variopintas procedencias, que hoy recuerdo como cantantes de antaño y de bohemias de diferente calado y arrabal.
El chiste se centraba en la plaza del mercado de algún pueblo del que no había oído jamás. Hoy, podría decir que, quizás, se trataba de Lepes, un pueblo costero de Huelva en Andalucía, de donde, como en Argentina con “los gallegos”, sus naturales son protagonistas de las situaciones que configuran el reír de las gentes de estas tierras ibéricas.
El argumento de la historia es sencillo. Cuenta que un hombre dedicado a las atracciones populares de feria y mercadillo, anuncia desde su puesto un juego adivinatorio, al que llama “El polvillo de adivinar” y que según se dice, atrae a la buena fortuna.
Siempre que oí esta historia imaginé un alboroto de conejos, verduras y novedades, todo alrededor de una plaza con aljibe en el medio, el suelo de tierra y sumergido en la atmósfera colonial que se aprende en la escuela. Los vecinos, se agolpaban alrededor del hombre del polvillo, esperando a que algún visitante que no conocía el truco se decidiera a probar suerte. En el cuento de mi abuela eran siempre vascos, catalanes o ingleses. Ha sido siempre muy castellana, quizás por eso elegía a estos como víctimas del polvillo.
El buen forastero, intrigado por el remolino de gente, se acerca con cortesía al grupo, probablemente con ánimo de conocer los particularismos del lugar alrededor de los juegos. Una vez allí, el hombre del polvillo lo elegirá entre los demás. El forastero se sentirá afortunado y agradecido por la oportunidad. Preguntará como es que hay que hacer, y el hombre del polvillo le dirá:
- Haga usté así (y simulará pasar la mano por el bote donde se encuentra el polvillo)
- Haga usté así (y aparentará lamer del dedo que haya pasado por el bote)
- Y ya está, adivine.
Los curiosos animan al participante con canciones y aplausos… “Aquel que el dedo pase, de buena fortuna presumirá” decían algunos, los demás, se contienen de cualquier gesto delator.
El forastero se decide, pasa el dedo, lame lo que ha juntado, lo saborea y escupiendo todo al suelo, alarida: -¡Joder hombre, pero si esto es mierda!-
El pueblo, extasiado, lo viva, y estalla en alegría. Finalmente, El Feriante del Polvillo dice al forastero: - Muy bien caballero, ha usted adivinado… –
Para Mamama
La abuela me contaba en interminables almuerzos de domingo con sabor a siesta, un chiste que transcurría en lo que hoy descubro como una de las dos Españas. No tenía mas de diez años y el chiste se repetía, arrancando las risas de mi padre, mis tías o de alguno de los comensales invitados a la casa de los abuelos, de variopintas procedencias, que hoy recuerdo como cantantes de antaño y de bohemias de diferente calado y arrabal.
El chiste se centraba en la plaza del mercado de algún pueblo del que no había oído jamás. Hoy, podría decir que, quizás, se trataba de Lepes, un pueblo costero de Huelva en Andalucía, de donde, como en Argentina con “los gallegos”, sus naturales son protagonistas de las situaciones que configuran el reír de las gentes de estas tierras ibéricas.
El argumento de la historia es sencillo. Cuenta que un hombre dedicado a las atracciones populares de feria y mercadillo, anuncia desde su puesto un juego adivinatorio, al que llama “El polvillo de adivinar” y que según se dice, atrae a la buena fortuna.
Siempre que oí esta historia imaginé un alboroto de conejos, verduras y novedades, todo alrededor de una plaza con aljibe en el medio, el suelo de tierra y sumergido en la atmósfera colonial que se aprende en la escuela. Los vecinos, se agolpaban alrededor del hombre del polvillo, esperando a que algún visitante que no conocía el truco se decidiera a probar suerte. En el cuento de mi abuela eran siempre vascos, catalanes o ingleses. Ha sido siempre muy castellana, quizás por eso elegía a estos como víctimas del polvillo.
El buen forastero, intrigado por el remolino de gente, se acerca con cortesía al grupo, probablemente con ánimo de conocer los particularismos del lugar alrededor de los juegos. Una vez allí, el hombre del polvillo lo elegirá entre los demás. El forastero se sentirá afortunado y agradecido por la oportunidad. Preguntará como es que hay que hacer, y el hombre del polvillo le dirá:
- Haga usté así (y simulará pasar la mano por el bote donde se encuentra el polvillo)
- Haga usté así (y aparentará lamer del dedo que haya pasado por el bote)
- Y ya está, adivine.
Los curiosos animan al participante con canciones y aplausos… “Aquel que el dedo pase, de buena fortuna presumirá” decían algunos, los demás, se contienen de cualquier gesto delator.
El forastero se decide, pasa el dedo, lame lo que ha juntado, lo saborea y escupiendo todo al suelo, alarida: -¡Joder hombre, pero si esto es mierda!-
El pueblo, extasiado, lo viva, y estalla en alegría. Finalmente, El Feriante del Polvillo dice al forastero: - Muy bien caballero, ha usted adivinado… –

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